jueves, 28 de agosto de 2014

El Hombre que sonríe

Hace unos cinco años solía vivir en el centro de una metrópolis en los Estados Unidos. Siempre fui una persona nocturna, por lo que de vez en cuando me encontraba en total aburrimiento después de que mi compañero de habitación, que definitivamente no era una persona nocturna, iba a dormir. Para pasar el tiempo, acostumbraba a dar largas caminatas mientras reflexionaba.El Hombre que sonríe
Pasaba unas cuantas horas así, andando a solas por la noche, y en ninguna ocasión tuve motivos para sentirme con miedo o amenazada. Solía bromear con mi compañero de cuarto diciendo que, cuando menos los traficantes de la ciudad eran educados. Pero todo eso cambió en unos cuantos minutos de una noche particular.
El Hombre que sonríe
Era un jueves, en algún momento entre las dos de la mañana, caminaba cerca de un parque que es patrullado por la policía, a unas cuadras de mi departamento. Era una noche bastante silenciosa, incluso para este día de la semana, con poco tráfico y casi ningún transeúnte. El parque, como la mayoría de las veces, estaba vacío. Di media vuelta en una calle con la intención de volver al departamento cuando lo vi por primera vez. Lejos, al final de la calzada y en el mismo lado de la acera que yo, estaba la silueta de un hombre bailando. Era un baile extraño, casi como un vals, pero terminaba cada paso del baile avanzando un poco hacia delante. Se puede decir que bailaba y caminaba hacia mí al mismo tiempo.

Creyendo que probablemente estaba borracho, me acerqué al lado de la calle para darle espacio y que pudiera pasar por la acera. Cuanto más se acercaba, más podía notar lo gracioso que era su baile. Era bastante alto y delgado, y vestía un traje muy viejo. Bailó más cerca hacia mí, hasta que pude ver su rostro. Sus ojos estaban abiertos y casi salían de sus orbitas, tenía la cabeza hacia atrás y miraba al cielo. Su boca estaba abierta en una sonrisa dolorosa, como si fuera una caricatura. Al ver aquello, decidí cruzar la calle antes de que el bailarín se acercara más.

Le quité la vista para poder atravesar la calle vacía. Cuando llegué al otro lado, volví a ver… me quedé paralizada en el lugar. Había dejado de bailar y estaba sobre un solo pie en la calle, con dirección hacía mí, pero todavía miraba hacia el cielo. La sonrisa en su rostro parecía haberse hecho más grande.El Hombre que sonríe
Quedé completamente horrorizada a causa de eso. Comencé a caminar nuevamente, de espaldas, sin quitarle la vista. No se movía. Cuando ya estaba a más de media cuadra de él, voltee para ver el pedazo de acera que tenía delante. Todavía conmocionada, volví a ver hacía donde estaba el bailarín pero ya se había ido. Por un instante me sentí aliviada hasta que lo vi de nuevo. Había atravesado a la misma acera que yo y estaba en cuclillas. No tuve la certeza en ese momento, debido a la oscuridad y a la distancia, pero estoy casi segura de que me estaba mirando. No había apartado los ojos de él más que unos pocos segundos, por lo que estaba claro que se había movido rápidamente. Estaba bloqueada y me quedé allí, parada, mirando hacia él. Entonces comenzó a moverse en mi dirección nuevamente. Daba pasos exagerados sobre la punta de sus pies, como si fuera un personaje de alguna caricatura. A excepción de que se movía muy, muy rápido.


Me gustaría decir que en ese punto comencé a correr, que tomé mi spray de pimienta o mi celular, pero no hice nada de eso. Sólo me quede de pie, completamente congelada mientras aquel hombre sonriente se arrastraba hacía mí. Entonces se volvió a detener, más o menos a unos dos metros de distancia, aun con aquella sonrisa larga, aun mirando hacia el cielo. Cuando finalmente recuperé mi voz, le dije lo primero que se me vino a la mente. Pretendía preguntarle “¿Qué diablos quieres?” con un todo autoritario. Pero la única cosa que salió de mi boca fue un “¿Qué diaaablo…?” bastante inaudible. No sé si los seres humanos son capaces de oler el miedo, pero al menos pude escucharlo. Escuché el miedo en mi propia voz, y eso sólo me hizo empeorar. Pero él no reaccionó. Se mantuvo allí de pie, sonriendo.

Y después de lo que parecía una eternidad, se volteó, lentamente, y comenzó a bailar y a caminar lejos. Sin más. Sin querer voltear para volver a darle la espalda, me mantuve viéndolo hasta que casi no lo distinguía. Entonces me di cuenta de algo. No se alejaba, ya no bailaba. Observé con horror cómo la distancia entre nosotros disminuyó rápidamente. Y ahora él estaba corriendo. Yo también corrí. Corrí hasta que logre llegar a otra calle más iluminada y con más tráfico. Miré hacia atrás pero ya no pude verlo en ningún sitio. Durante todo el camino de regreso a mi departamento, me mantuve mirando por encima de mi hombro, siempre con el temor de volver a ver su estúpida sonrisa, pero él no apareció más. Viví seis meses en aquella ciudad, y nunca más volví a caminar en la noche. Había algo sobre su rostro que siempre me asustará. No parecía borracho, ni parecía drogado. Él parecía completamente loco. Y eso es algo muy aterrorizante de ver.

viernes, 15 de agosto de 2014

El niño que nunca lloró



Hay mucha gente ese día. Gran cantidad de personas van y vienen.

Aquella mujer, a pesar de su nerviosismo, no sobresale de la multitud.

Sostiene un bebé dormido de pocos días de nacido en sus brazos.

La mujer parece cansada y se altera por cualquier cosa.

Cuando llega al aeropuerto se da cuenta que su vuelo se ha retrasado. La mujer va de aquí para allá con desesperación, pero por suerte su bebé no se da cuenta, sigue durmiendo plácidamente.

Los minutos pasan como si fueran horas. La mujer no está del todo consciente de su alrededor, y tropieza con un guardia de seguridad. Es un golpe fuerte, pero el bebé sigue durmiendo como si nada. La mujer trata de mantener la calma, pero a leguas se nota su intranquilidad.

“¿Está bien, señora?” Pregunta el oficial.

La mujer, titubeando, responde que sí. Y se aleja velozmente.

Ella se sienta a esperar a que salga su vuelo. Una mujer a su lado intenta sacarle conversación. Ella se limita a contestar con pocas palabras.

“Su niño debe estar muy cansado… ¡A dormido todo este rato sin siquiera arrugar los ojos!”

Ella contesta con una leve y cansada sonrisa.

Al fin anuncian que su vuelo está por despegar. Ella se levanta apresurada y se dirige a su respectiva plataforma velozmente, casi corriendo.

Uno de los guardias asignados a ese andén era el mismo con el cual se había tropezado antes. Cuando a la mujer le toca pasar, el guardia, después de revisar sus cosas, le pregunta por su bebé. Ella responde nerviosamente que está bien.

“¿Puedo verlo un momento? No nos gustaría que su bebé viajara estando enfermo ¿no lo cree?”

Pero la mujer insistía en que su niño estaba completamente bien.

“Por favor, solo será un momento. No le haré daño”

La mujer quedó pensativa unos instantes.

De pronto ella le lanza el bebé al guardia y sale corriendo. Y aunque el oficial trató de atajar al pequeño con cuidado, por culpa de los trapos que lo cubrían, lo terminó atrapando por la pequeña cabeza. Pero el bebé no lloró ni una sola vez.

Las mantas cayeron al suelo, dejando desnuda a la criatura, la cual tenía una tosca costura desde su entrepierna hasta casi llegar a su pequeño cuello.

Pocos segundos sostuvo el oficial al niño, pero estos bastaron para que su cuello cediera ante el tremendo peso que su cuerpo representaba. No hubo sangre cuando se desprendió, solo pequeñas bolsas de látex rellenas de drogas.

Y aunque el niño nunca lloró, hubo muchas personas que lloraron en su lugar.

jueves, 31 de julio de 2014

Ahora la sabe

Solo soy una persona con conocimientos en sistemas. Realmente trabajo para una empresa de tecnología y no soy especialmente creyente en nada paranormal, de hecho soy poco religioso.

La razón por la que paso por aquí es precisamente porque me ha entrado cierta curiosidad en estos asuntos desde que un familiar que vive en el campo vino a mi a contarme una historia bastante particular, por supuesto es la primera vez que veo un sitio en el cual esta historia podría ser contada.

Javier y María son prácticamente dos campesinos, criados a la vieja usanza en una pequeña choza situada a unos 30 minutos a paso de caballo del pueblo más cercano. Javier es un primo lejano del lado de la familia de mi padre. Mi padre, a pesar de actualmente ser médico, viene de una familia muy humilde en el campo y él logró completar sus estudios de medicina con su propio esfuerzo, por esta misma razón aún tenemos bastantes familiares en zonas rurales que nunca han salido del campo.

La historia me la contó mi primo una temporada que hicimos el viaje hasta ese pueblo y decidimos de paso ir hasta donde el buen primo ya que le vemos prácticamente una vez al año en temporada de vacaciones. Usualmente nos genera pereza ir hasta donde el vive porque a pesar de ser muy bonito el campo y muy acogedora la choza, la vía para llegar no es precisamente apta para un vehículo moderno, aunque sea una camioneta como en la que vamos. De hecho, no es un carretera como tal, es solo un camino que se ha formado por el pasar de los animales y carretas o algunas motos y que en invierno es inaccesible a menos que sea en vehículo de tracción animal de 4 patas. También es posible que si dos carros se encuentran, alguno de los dos tenga que regresarse en reversa, por supuesto nunca ha pasado porque es muy poco transitado.

La última vez que lo visitamos, el buen primo tenía la espalda llena de cicatrices, por supuesto nuestra primera reacción fue preguntarle que había pasado. Su respuesta me ha dejado atónito ya que no es la primera vez que escucho algo similar.

“No se si en el pueblo les contaron que me caí del caballo, todo el mundo dice eso pero María sabe lo que realmente paso, no quisiera contarles porque están de visita y no quiero que vayan a pasar una mala noche”.

Más que la razón por la cual nos lo decía, yo podía notar que tenía miedo de contar la historia, sus ojos trataban de apartar la mirada y buscar otro tema de conversación, sin embargo yo insistí diciéndole que solo era una historia y que no me podía dejar con la intriga.

“Bueno siéntate aquí” – me dijo al rato cuando los demás estaban haciendo otras cosas. – “No quiero que tu pae se ponga nervioso manejando cuando estén de regreso.”

“Hace dos meses, como era de costumbre, yo tenía que ir al pueblo a comprar algunas cosas de la casa, yo nunca lo hago muy entrada la tarde para que no me agarre la noche en el camino. Nunca le he tenido miedo a la noche, hasta ese día le tenía más miedo a los vivos que a los muertos y ya me habían robado antes por andar por el camino tan tarde. Parece que los ladrones no duermen” -Eso es cierto afirmé, mientras en mi cabeza quedo el eco de la frase: Hasta esa noche.

“Sin embargo tenía varios animales enfermos” -continúo. “Ya eran 2 vacas que estaban bastante mal y no podía darme el lujo de que se murieran, así que tomé el caballo y comencé a ensillarlo. María inmediatamente de dijo: Javier, para donde vas que no ves que ya es tarde y me da miedo que vayas solo, te va a coger la noche, tengo un mal presentimiento, espera hasta mañana.”

“Yo la ignoré por la misma razón que ya te comenté, no podía darme el lujo de un animal muerto, así que tomé una linterna para alumbrar, aunque yo sabía que era noche de luna llena por lo tanto sería una noche bastante iluminada y posiblemente no la usaría para no mostrarle mi posición a nadie.”

“Fui al pueblo lo más rápido que pude, compré en el mercado lo necesario, en el camino me encontré con un par de amigos que me ofrecieron 2 tragos de Ron, y luego, seguí, y tal como estaba previsto, una cortina negra cayó sobre el campo. Apenas había comenzado la vía.”

“Por supuesto, el caballo ve mejor que yo así que yo solo me incline y traté de ir lo más rápido posible con la luz apagada para no mostrarle mi posición a ningún bandido. Llevaba muy buen ritmo, estimo que debía ir al menos ya por la mitad del camino y me iba sintiendo más tranquilo en cuanto más avanzaba, sin embargo cuando llegue a la curvita por donde se llega al arroyo, algo extraño llamo mi atención” -hizo una pausa, como tomando fuerzas para poder explicarme lo que seguía, mientras hacía eso su miedo me invadía a mi también.

“Cuando pase por la curva vi una silueta, estaba casi seguro de que era una niña. Para este punto ya mi vista se había adaptado un poco a la oscuridad por tanto podía distinguir cosas, pero como pasé tan rápido por aquel punto no podía estar seguro si era correcto lo que vi o no.”

“Por supuesto la duda me estaba matando, ¿Y si era una niña que se había perdido? ¿Qué tal si la muerde una víbora?… Tal vez la pobre no se atrevía a caminar del miedo. En estas tierras tan alejadas es posible que hasta sea violada y nadie escucharía nada…”

“Tantos pensamientos invadieron mi mente que decidí dar la vuelta y asegurarme. Pare en seco el caballo y di la vuelta, encendí mi linterna y comencé a buscar. En menos de un minuto ya la podía ver, a pesar que estaba seguro que había andado bastante mientras decidía si regresar o no. En ese momento no le di gran importancia pues pensé que tal vez ella había caminado un poco o habría intentado perseguirme y por eso había avanzado.”

“Era una pequeña niña, tendrá a lo mucho unos 7 años, pensé. Estaba vestida completamente de blanco, su rostro parecía angelical aunque tenía una parte tapada por el cabello y la verdad aún no recuerdo si podía ver sus pies, tal vez estaban confundidos con el pasto, y además, al encender la linterna perdí nuevamente la poca visibilidad que ya tenía y solo podía ver lo que alumbraba directamente.” – ¿y que pasó? pregunte, aunque el corazón me palpitaba rápidamente no podía dejar de escuchar.

“Le pregunte ¿Estas perdida?. Ella solo asintió con la cabeza sin mencionar una palabra. ¿Vives cerca?. Nuevamente solo movió su cabeza hacía los lados.”

“Le dije, si quieres te llevo a mi casa y mañana buscamos a tus papas porque no te quiero dejar sola aquí. Ella asintió, de igual forma solo moviendo su cabeza.”

“Gire el caballo y le dije que si sabía como subirse, no había terminado de hablar cuando ya la sentí detrás mío. Me agarró fuerte de la cintura, por supuesto pensé que debía estar aterrada así que no le dije nada más y reanude mi carrera hacía mi hogar que anhelaba ver mucho más en este momento. Sentía como si de repente la temperatura hubiera descendido y pensé: Creo que ya ha entrado mucho la noche, debe ser muy tarde.”

“Acelere nuevamente hasta lo que el pobre animal era capaz, me daba aún más miedo encontrar algún bandido llevando esta acompañante, ya no era solo mi seguridad, también la de esta niña.” – El pauso nuevamente, sus manos comenzaron a temblar y su mirada estaba perdida en el recuerdo, como si lo estuviera viviendo de nuevo.

“Yo noté que algo no estaba bien, el caballo empezaba a bajar la velocidad y por más que yo intentaba no conseguía hacerlo regresar al ritmo que traía. Le dije a la niña: no te asustes ya casi llegamos”. Ese fue el primer momento en que la escuche hablar, aún esa voz resuena en mis sueños y en mis pesadillas, no sonaba como ninguna persona, niño, adulto o anciano que hubiese escuchado antes, y me dijo: Tu no vas para ninguna parte, tu te vas conmigo.”

“Impactado por sus palabras, mire hacía atrás, no podía ver su rostro ya que estaba apoyado sobre mi espalda, pero sus piernas… sus piernas eran tan largas que arrastraban contra el suelo, era eso lo que no dejaba avanzar al caballo, lo estaba frenando.”

“Enseguida me di cuenta de que el frío que sentía no era normal, estaba temblando, mis manos estaban moradas, sin embargo mi espalda estaba muy caliente, sentía un olor a azufre que no desaparecía aunque estaba avanzando aunque fuera lento. De pronto… me habló de nuevo.”

“Reza lo que te sepas si quieres, pero tu te vas conmigo”

“A mi mente vinieron muchas oraciones, las que había escuchado en la iglesia, las decía así no creyera en nada de eso. Las que había escuchado cuando enterraban a la gente, las que había escuchado rara vez de algún religioso o en el colegio, el caballo cada vez iba más lento, casi que se detenía, y cada vez que terminaba alguna oración ella reía y solo decía: Esa ya me la se, tu te vas conmigo.”

El hizo una última pausa… esta vez el tono de su voz cambio, parece que había más tranquilidad en su rostro…

“En ese momento me recordé a la bisabuela, ella siempre hacía una oración cuando alguien se sentía triste o estaba enfermo, no se como la recordé en ese momento puesto que yo estaba aún pequeño cuando ella falleció. Tampoco recuerdo que sea algo que yo haya escuchado en una iglesia convencional, era algo como un pedazo de una canción o algo muy muy viejo.”

“Espere que ella se riera aún más, pero solo había silencio. En un tono de disgusto me dijo: Te salvas, porque esa no me la se.”

“De inmediato desapareció la presión del caballo y comenzó a andar un poco más rápido aunque se escuchaba en su respiración que estaba muy agotado, la presión en mi espalda desapareció aunque aún me dolía un poco, estoy seguro que por el miedo sentía menos el dolor. Cuando llegue a la casa dejé el caballo afuera sin pensarlo y entre donde María. Le di un beso y le conté lo que me había pasado, ambos estábamos petrificados. Ella miró mi espalda y me dijo que estaba quemado pero parecía como si me hubiera quemado hace tiempo, solo eran cicatrices.”

“Habremos dormido un par de horas esa noche, en la mañana cuando salí de la puerta, ahí yacía mi caballo muerto, sus patas traseras estaban calcinadas y el olor a azufre permanecía aún fresco.”

Allí terminó la historia, solo se levanto y me dejo allí, yo no sabía que decir ni que pensar.

Por supuesto también nos agarró la noche cuando íbamos de regreso, por supuesto que no sentía tanto miedo porque íbamos en carro, la radio estaba encendida e iba con toda mi familia, aún así, no me atrevía a mirar por la ventana, hacía afuera solo se veía oscuridad, las luces solo alumbraban por donde estábamos andando. Yo pensaba: ¿Serían solo inventos? ¿Alguna historia colorida que inventó por había tomado algunos tragos esa noche?

Mire hacia el cielo nocturno, en el campo puedes ver muchas estrellas, era noche de luna llena de esas en la que la luna por alguna razón luce un poco roja. Cuando volví la mirada hacía abajo, no pude evitarlo, eche un vistazo por la ventana y vi una silueta en la oscuridad… íbamos bastante rápido y evidentemente no había razón para regresar aunque sentí el horrible escalofrío al recordar la historia. En ese momento recordé lo que le había preguntado al buen primo antes de marcharnos: ¿Y cual era la oración?

El respondió “De nada sirve que te la diga… Esa ya se la sabe”.

Por favor , abre la puerta

Han pasado tres años desde aquella noche.

Yo no debí haber estado ahí, ellos lo sabían. Ese día salí muy temprano a la casa de un amigo, sus padres no estarían y tenía un nuevo videojuego de terror; pasaríamos toda la noche jugando.

Ellos lo sabían, yo no debí haber estado ahí esa noche, mi amigo debió estar solo. Ellos lo habían observado por días como hacen siempre y sabían que esa noche estaría solo. Desde el momento en que lo eligieron, no había marcha atrás.

Pero tal vez quieras saber quiénes son ellos. Bueno, la verdad… aún no estoy seguro, sigo sin asimilar lo que pasó aquella noche; pero te contaré lo que hasta ahora sé, para que tengas cuidado.

Ellos se encuentran en todas partes, en ningún lugar estás exento de ser su víctima. Eligen a una persona, no sé bien cómo o en qué características se basan, pero una vez que te eligen no cambiarán de opinión: te vigilan, te estudian y estudian a todas las personas que conoces. Día tras día te observan cuidadosamente sin que tú te percates de su presencia.

Y esperan la noche en que su víctima esté sola, es en ese momento cuando todo empieza.

Aquel día llegué alrededor de las 8:00 p.m. a su casa. Sus padres habían salido desde temprano y él había preparado todo lo necesario para pasar jugando toda la noche. Al día siguiente no habría clases, así que yo regresaría a mi casa por la mañana. Pasamos un buen rato jugando, el tiempo pasó tan pronto que cuando nos dimos cuenta ya era la una de la madrugada. Nos habíamos llevado algunos sustos con el juego, así que comenzamos a hacer bromas con la situación; ahí fue cuando todo se puso raro. Empezamos a escuchar ruidos extraños afuera de la habitación, que al principio pensábamos que no era nada importante, e hicimos algunos chistes en relación a lo que jugábamos. «Deben ser los zombis», nosotros sólo reíamos. Pero nos comenzamos a poner tensos cuando el sonido se oía más claro: eran pisadas, se escuchaban pisadas por todo el pasillo de afuera.

—¿Crees que tus padres hayan regresado? —le pregunté, a lo que él respondió que sus padres regresarían hasta el día siguiente, por la tarde. Además, el número de pasos que se escuchaban eran demasiados como para ser sólo sus padres.

De pronto, luego de oír todos esos pasos acercándose cada vez más a la puerta, hubo un profundo silencio.

—¿Hay alguien afuera?… ¿Quién está ahí? —comenzamos a preguntar, nerviosos. Estábamos seguros de que había alguien afuera, pero esos sonidos… ¿quién podría ser? En la habitación en la que estábamos había una computadora que mi amigo había encendido desde que comenzamos a jugar, era una costumbre suya. Se escuchó un sonido que provenía de ella, un sonido familiar, pero que por el miedo que teníamos en ese momento nos provocó una reacción de sobresalto a ambos. Era sólo un correo electrónico que le había llegado, pues también había dejado la ventana de su correo abierta. Ver esto nos dio algo de sosiego, y hasta reímos un poco; sin embargo, la tensión volvió a nosotros al notar que la dirección de quien lo enviaba era irreconocible, una combinación aleatoria de números y letras. Dudamos abrirlo, pero mi amigo decidió hacerlo. Quedamos completamente paralizados tras leer lo que decía el correo:

«Pase lo que pase, no abras la puerta».

Con tan sólo leer esas palabras, una sensación completamente rara invadió mi corazón. En ese momento realmente sentía pánico, pero el mensaje decía más.

«Ellos están afuera. Por favor, hagas lo que hagas, escuches lo que escuches, no abras la puerta. Intentarán convencerte de que lo hagas, tienen muchos métodos; pueden fingir ser alguien que conoces, un familiar, un amigo, y sus voces sonarán igual. Tal vez te pidan ayuda, te dirán que están lastimados, te suplicarán que abras la puerta. Pero escuches lo que escuches esta noche, no abras. Trata de ignorarlos, trata de dormir, mañana todo estará bien. Ellos jugarán con tu mente; no lo permitas. Por favor, créeme, ¡no abras la puerta!».

Cuando terminamos de leer yo no sabía qué pensar. Tal vez era una broma tonta de alguien, tal vez incluso era mi amigo quien me jugaba una broma… pero él tenia esa expresión, estaba tan asustado como yo, lo pude sentir. Ahora sabíamos que había alguien ahí afuera, tras la puerta. De pronto, llegó el momento más aterrador que nos pudimos esperar; en ese instante un escalofrió recorrió todo mi cuerpo y me dejó paralizado. Una voz se escuchó, provenía de atrás de la puerta. Mi amigo estaba seguro y yo lo puedo corroborar: la voz era la de su madre.

—Hijo por favor ábreme, tu padre y yo tuvimos un accidente en el auto, estamos muy lastimados… por favor, abre, ayúdanos. —Al escuchar esto mi amigo sólo retrocedió un paso. Aún puedo recordar esa expresión en su rostro, estaba en shock. Estoy seguro de que ninguno de los dos lo creíamos ni sabíamos qué hacer.

—Hijo por favor, abre, ¿qué esperas? Necesitamos tu ayuda… —Sin lugar a dudas, ésa era la voz de su padre. Eran las voces moribundas de sus padres tras la puerta, clamando por ayuda. Mi amigo y yo permanecimos sin reacción por algunos segundos, después él se volteó lentamente, y me dijo:

—Esos realmente son mis padres. Necesitan ayuda, abriré la puerta.

Se propuso dirigirse hacia la puerta, pero lo detuve.

—Recuerda el correo, lo que nos dijo que pasaría, ¿no se te hace extraño?, ¿qué tal si es verdad y ellos no son tus padres? —Él lo único que hizo fue hacer que lo soltara. «No digas tonterías», me dijo. «Tú los escuchaste, ésas eran las voces de mis padres. El correo debe de ser una estúpida coincidencia». Se dirigió a la puerta sin que pudiera hacer nada.

La verdad, no sé qué me hizo hacerlo, pudo ser el miedo que me invadía… pero al verlo dirigirse a la puerta, lo único que pensé fue correr hacia el armario en donde mi amigo guardaba algunas de sus cosas y esconderme ahí. No sabía lo que pasaría, pero en verdad tenía miedo.

Lo que escuché a continuación aún no lo olvido, y hasta el día de hoy tengo pesadillas con ello. Él abrió la puerta, y después sólo pude escuchar sus gritos. Eran unos gritos desgarrantes, llenos de dolor y terror; yo no pude hacer nada más que permanecer inmóvil, hasta que después de unas horas me quedé dormido.

Al despertar por la mañana, me extrañó ver el lugar en que me encontraba, y luego lo recordé todo. Salí del armario y en la habitación no había nadie. Noté de inmediato que ya era de día y que la puerta estaba abierta, así que decidí salir. Busqué por toda la casa esperando encontrarlo y que me dijera que todo había sido una broma, pero mi amigo no estaba. En la tarde llegaron sus padres y les conté lo sucedido, llamaron a la policía y lo buscaron por días, pero él nunca apareció. El correo que le había llegado esa noche también desapareció, y para ser honesto creo que nadie creyó nada de lo que les había contado.

Aunque… no importa que nadie me creyera, yo sé lo que pasó esa noche y sé que ellos estaban ahí afuera. También sé que no debí haber estado ahí, que no debería saber que ellos existen.

Aún no sé por qué lo hacen, creo que sólo tratan de divertirse con las personas, con su pánico… alguna especie de juego. Cada día lo analizo y trato de aprender más de ellos; sé que sólo llegan en la noche y que pueden imitar cualquier voz, que si no abres la puerta se irán y también creo que siempre recibirás ese extraño mensaje de advertencia, debe ser parte de su macabro juego.

No debí estar ahí ese día, y no debería saber que ellos existen. Sé que algún día regresaran por mí, pero pase lo que pase, no abriré la puerta.

domingo, 6 de julio de 2014

El Jardinero

Nose si fue una horrible pesadilla o un dia cualquiera, lo unico que se es que desde ese dia algo cambio dentro de mi , desde ese dia ya no soy el mismo.
Era un dia cualquiera todo "normal" lo unico que era diferente es el nuevo jardinero que contrato mi madre,al principio era de mi agrado , un hombre alto y flaco tambien un hombre de pocas palabras y al pasar de los dias era todo muy normal hasta que uno de los dias de una manera perturbadora grito tan fuerte fue el grito que se escucho por todo el vecindario,yo y madre fuimos corriendo a ver que sucedia llegamos al patio nos topamos con el jardinero algo horrible le sucedio le faltaba un brazo y sangre salia chorros se corto con las tijeras mi madre lo llevo al hospital y yo me quede en mi hogar note que la sangre que derramo el jardinero mancho las rosas blancas de mi madre,sinceramente es la primera que me quede solo en mi casa y estaba un poco asustado al regresar mi madre me comento que el jardinero no vendria por un mes a trabajar y eso no me daba una buena impresion de el,mi madre les fue  a dejar sus herramientas y volvio al caer la noche me fui a dormir,me quede dormido muy rapido pero unos golpes en la ventana me despertaron prendi la luz de mi habitacion y empeze a observar en la ventana y de pronto vi una sombra aterradora y las tijeras del jardinero tiradas en el piso y me aterro profundamente me tape con las sabanas y cerre mis ojos luego escuche el sonido de las tijeras escucho como se abrio y como se cerro 2 veces,como si alguien quisiera matarme de inmediato pense en el jardinero pero me parecio un hecho imposible ya que no podia mover el brazo.
Pero no segui llenando mi cabeza de ideas le pedi a mi madre que le fuera devolver las tijeras al jardinero,en el corto plazo que mi madre fue a devolver las tijeras escuche la radio una noticia esa noticia decia que hubo un crimen horrible con unas tijeras y en la escena del crimen habian 2 rosas junto al cadaver,agarre el telefono para llamar a la policia y acusar al jardinero como sospechoso del crimen pero antes de llamar a la policia se me corto la luz y tambien la linea telefonica estaba totalmente perturbado me asome a la ventana para ver si mi madre habia llegado pero vi algo que jamas se me olvidara lo que vi en el patio era lago de sangre y una sombra oscura con unas tijeras en el muro sali corriendo de la casa en la calle parecia un pueblo fantasma todo estaba vacio no habia autos ni una persona estaba ahi y yo no sabia lo que estaba pasando no sabia si era un sueño o la realidad hasta que vi un taxi le grite que se detuviera se detuvo y me subio al coche y el conductor me pregunto donde queria ir y yo le dije lo mas lejos que pueda pero muy alejado de aca me contesto "esta bien" pero con la condicion que le subiera unas maletas y yo acepte abrio el maletero y estaba vacio subimos la maleta y seguimos con el camino nos detuvo en un callejon oscuro y me pidio que el ayuden a bajar una maleta y otra vez abrio el maletero y encontre a mi madre dentro del maletero su cuerpo estaba lleno de sangre y su boca estaba destruida es dificil de explicar de esto y al lado del frio cadaver habia unas tijeras y dos rosas cerca de ella , me fije bien en el rostro del conductor y que era el jardinero se cubria con una gorra negra sali corriendo hasta al fondo del callenjon las lagrimas se me salian como nunca traumazitado vi una cuerda en el suelo,una silla y un faro alto me desmaye al dia siguiente cuando empeze a escribir me di cuenta que no era una simple pesadilla todo esto es real ya no tengo motivo para vivir el jardinero se esta riendo estaba al frente a la otra esquina prefiero acabarlo yo mismo a que otra persona lo haga por mi.


BASADO EN HECHOS REALES:
En 1978 un niño encontrado colgado en el fondo de un callejon con una nota y dos rosas al lado de el

domingo, 8 de junio de 2014

Pendiente de olvidar

Fueron raros sucesos, sucesos que mi mente no ha podido procesar, aunque, sólo quiero olvidar…
Mi nombre es Diego, estoy por entrar al segundo semestre de preparatoria. Les contaré mi situación, con la ayuda de un diario que encontré. Intenten comprender, intenten explicarlo.
Estábamos un amigo y yo, recién pasamos a preparatoria y apenas eran vacaciones de verano (antes de clases). Nos entusiasmaba la idea de entrar a una escuela con gente y profesores nuevos, todo era diferente para nosotros. Todo estuvo bien, en vacaciones nos veíamos, salíamos, jugábamos videojuegos y tocábamos música, ya que él tenía una batería y yo unas guitarras y un bajo, los cuales nos turnábamos para tocar. Fueron de esos días en los cuales no ves el tiempo pasar, sólo te diviertes… a quién no le gusta divertirse así de bien.
El tiempo se acabó, y con su fin, llegó el tiempo de estudiar. Las clases comenzaron más rápido de lo esperado, no nos dimos cuenta, pero nuestro entusiasmo hizo que no nos importara. La noche anterior al primer día de clases nos quedamos en su casa para conversar sobre lo que nos esperaba. La plática empezó conmigo.
—Oye, Alan, ¿qué crees que vaya a pasar?
—¿De qué hablas?
—Pues, entramos a esto, que es como un nivel superior en nuestra vida, creo que tienes algo en mente de lo que nos espera.
—Pues claro que tengo algo en mente.
—Dime qué es.
—No, olvídalo…
—Anda, dime.
—Es que… no quiero hablar de eso.
—¿Por qué no? Habías estado muy emocionado.
—Si, lo sé…
—Entonces, ¿qué ha cambiado?
—Fue…. fue este sueño que tuve ayer.
—¿Qué fue?
—Pues…. no te burles. Verás, yo estaba en un lugar extraño, lleno de gente, apenas se podía caminar. Después me di cuenta de que era… era una iglesia, y todos vestían formal. No conocía a nadie. De ponto, se acerca una persona, no se acerca mucho, sólo lo suficiente para hacerme saber que me estaba viendo, inmóvil, en ese sitio. El sujeto comenzó a reír, era como una risa sarcástica, y yo no entendía por qué. Me aterró demasiado ver y escuchar a esa persona, sentí todo el cuerpo entumecido, fue un terror, como si no fuese un sueño. Luego, se fue alejando, y junto con él la multitud, dejándome completamente solo…
—¿Quién era él?
—No tengo idea, sólo veía su silueta negra y unos ojos blancos mirándome.
—Y… ¿eso cambió tu forma de pensar sobre lo que nos espera?
—Es que no entiendes, no creo que sean buenas señales, eso me inquieta.
—Por favor, no creas en todo lo que ves en los sueños… o en lo que crees que significan.
—Está bien.
—Bueno, vayamos a dormir. Tenemos que levantarnos temprano en la mañana si queremos llegar a tiempo a nuestro primer día de clases.
Al día siguiente, había llegado la hora de ir a clases, pero Alan decía que se sentía mal, por lo que faltaría a las primeras horas. Pensé que quizás fue por lo de su sueño, pero no quise decirle nada y me fui a la escuela.
Cuando por fin llegó a clases, no se veía mejor, un tanto más serio de lo común, no se arregló bien… Me dio la impresión de que sólo iba por compromiso, ya había perdido el entusiasmo del todo, así que me le acerqué y pregunté:
—Oye, ¿estás bien? —Era obvio que no lo estaba.
—Sí, ¿por qué no habría de estarlo? —contestó Alan, con un tono ligeramente nervioso.
—Te ves mal, no parece que estés bien.
—Es sólo que no quiero estar aquí, hay mucha gente.
—Lo sé, es una escuela… Mira, terminando las clases te acompaño a casa, búscame en la salida, ¿de acuerdo?
—Claro, no hay problema. —Sólo que para la salida, no lo vi por ningún lado, nunca me buscó.
Al terminar unos pendientes que tuve, fui a su casa para ver qué le pasaba. Al llegar, pregunté por él, me dijeron que había salido justo después de llegar a la escuela. Supuse en dónde estaría.
Alan y yo teníamos un lugar para relajarnos, platicar un rato, perdernos del mundo. Era una bodega, que tenía tiempo sin uso y estaba algo alejada, en un lugar donde no hay mucho movimiento, sólo algunas otras bodegas alrededor. No usábamos la bodega completa, sólo un espacio, como una oficina, muy espaciosa en la cual habíamos metido unos sillones y un par de escritorios para guardar unos cuantos juegos de mesa y cuadernos de dibujo; estos últimos eran míos, me gusta mucho dibujar. Sobre uno de los escritorios había una televisión vieja, la cual conectábamos a un generador y a veces jugábamos videojuegos en ella, y en las paredes había algunos pósters de bandas musicales pegados, eran dos de Nirvana, uno de Misfits, otro de los Ramones y uno de los Beatles, que era el preferido de Alan.
Como lo imaginé, él estaba sentado en uno de los sillones que teníamos en el lugar. Estaba sentado y parecía que dormía como de costumbre cuando descansamos en ese lugar. Me acerqué a él, pero por un momento, algo me detuvo, un aire denso y la sensación de que alguien más estaba en la habitación; volteé para todos lados y no había nadie. Fue raro para mí, sentí miedo y lo sigo sintiendo al recordar esa sensación. De pronto Alan dio un salto del sillón y gritó muy asustado.
—Alan, calma, soy yo.
—Ya veo… lo siento.
—No, yo lo siento, al parecer te di un buen susto.
—Claro, pero no fue tu intención…
—Oye, no me buscaste al salir de clases, ¿qué pasó?
—Pues, me sentía mal, así que me apresuré y fui a mi casa.
—Es aún por los sueños, ¿cierto?
—Es que, no lo entiendes, me inquietó bastante, sobre todo… Oye, mejor vayámonos de aquí.
—¿Qué ocurre?
—Es… es que ya estuve mucho tiempo aquí dormido y quiero caminar.
—Está bien.
Parecía que el miedo era intenso, no podía verlo ni un segundo sin sentir su inquietud. Tenía que hacer algo, pero no sabía qué. Al día siguiente lo llevé a un parque, en donde se pudo relajar. Platicamos como siempre, él estuvo un tanto menos inquieto, logré distraerlo un poco, pero después de un rato me dijo que tenía cosas que hacer y se fue muy rápido del lugar.
Pasaron los días, tres semanas para ser precisos, hasta que Alan volvió a tener esos sueños. Ahora se veía más asustado y nervioso que antes, así que le dije que iría a su casa a pasar la noche. Al llegar su tono de voz me inquietó un poco, no se escuchaba para nada bien, pareciera que estaba a punto de romper en llanto, mas nunca lo hizo. Temblaba lo suficiente como para darme cuenta y parecía que no había dormido en algunos días.
—Hola, ¿qué tal?
—Vamos Diego, como si no pudieras notar cómo estoy.
—Lo siento, sí te ves mal.
—Eso dijo mi madre, piensa que estoy enfermo, pero yo sé que no.
—Me puedo imaginar, sÍ lo pareces, pero tenemos que cambiar eso.
—Sólo necesito dormir un poco, llevo tres días sin poder dormir, de verdad estoy cansado.
—Eso se nota, quizás deberías ir con alguien que te ayude con eso.
—¿Hablas de un psiquiatra?
—Eso creo… si esos sueños son la causa.
—No, no creo que sea necesario, se me pasará, como antes.
—Pero ahora parece que tienes más miedo que antes.
—Sí, así es, pero no puedo hacer nada, sólo esperar que el miedo desaparezca. Oye, tengo que hacer algo, espera en mi habitación, enseguida voy.
—Está bien, te espero.
Así que fui a su habitación a esperarlo. Entonces, encontré un cuaderno que se asomaba por debajo de su cama; estaba un poco gastado, pero se veía que lo usaba mucho, entonces me puse a leerlo. Me sorprendió bastante, hablaba sobre sus sueños, sobre cómo se sentía, todos eran apuntes escritos por fechas. Al leerlos, debo admitir que me aterraron un poco sus apuntes, y en unas de las primeras páginas hubo unos que especialmente me alteraron un poco:
“Septiembre 3:
No sé quién o qué era, pero al verlo me sentí aterrado, era una presencia que no quisiera volver a ver, me hizo sentir un terror inimaginable. Desde entonces rezo para que no vuelva a aparecer en mis sueños”.
Supe al instante de qué hablaba, era aquella persona que vio en su primer sueño, sobre el cual me contó antes de nuestro primer día de clases. Unas páginas después hablaba de nuevo de esa persona.
“Septiembre 18:
Aún tengo presente la imagen de ese sujeto, no puedo olvidar su risa tan escalofriante, me hace sentir miedo cada vez que lo recuerdo. Me siento solo, vulnerable, está observándome quizás, pero cómo deseo que no sea así… sólo quiero olvidarme de él”.
Y así fueron algunos de sus apuntes, uno escrito cada vez con más miedo que el anterior. Al leer podía sentir cómo era que se sentía. Es como si guardara todas esas sensaciones en cada palabra del cuaderno. Seguí leyendo, hasta que de nuevo me topé con otro de esos en los que este tipo aparecía, pero era reciente, de hace dos días.
“Noviembre 22:
Lo he vuelto a ver, estoy aterrado, es como si me observara retorciéndome del miedo, es como si disfrutara mi sufrimiento, me tortura, lo disfruta cada vez más. Lo escucho reírse de mí, ahora son carcajadas, con esa misma mirada fija, fría. Cada vez está más cerca, lo siento. Siento que está conmigo en las noches, cada vez que me encuentro solo, siento su presencia, me observa de cerca. Se esconde, pero sabe que siento su presencia y que me atemoriza. ¿Por qué lo hace? ¿Por qué le es tan placentero aterrarme así? No lo sé, y quizás no lo sepa, sólo sé que no quiero que se acerque más, quiero que se vaya”.
En ese momento sentí cómo se entumeció todo mi cuerpo, no me pude mover y sentí a alguien detrás de mí. “¿Será…? No, no puede ser…”, pensaba con un temor tan grande. Pero por más que quisiera mentirme, sabía quién era. Me armé de valor, solté el cuaderno y volteé tan rápido que me dio vueltas todo. Entonces, ¿qué fue lo que vi?
Al momento no supe exactamente lo que pasaba. Fueron tantas sensaciones y sentimientos en un solo momento. Tanto miedo que no lograba mantenerme firme, no pensaba con claridad. ¿Qué fue lo que vi? Detrás de mí sólo había un espejo. Me dije a mí mismo, “¿que, habrá sido sólo el espejo?”, pero ¿cómo iba a ser el espejo? Aunque no había nada, lo sentí. Entonces fue cuando llegó Alan, muy alterado. Volteó a ver el cuaderno y me dijo:
—No lo has leído, ¿verdad?
¿Cómo decirle que no? Eso era lo que había hecho, y por como me vi en el espejo, no creo que denotara lo contrario.
—Sí, lo he leído, perdona si te ha molestado.
—No tenías que haber leído eso, no tenías que…
—Al leerlo comprendí cómo te sientes, eso es…
—¡No entiendes! ¡No tenías que hacerlo!
—Pero, ¿qué pasa?
—Lo siento, Diego, no llegué a tiempo, no debí dejarte solo en mi habitación…
—¿De qué hablas?
—En serio lo siento.
—Por favor, para de pedir perdón y explícame.
—Ha sido él, me ha hecho escribir desde la primera vez.
—Pero para…
—¡Eso es lo que quería! ¡Quería que alguien lo leyera después, todo ha sido por él!
—¡¿Para qué quería que…?!
—¡Detente! No nos merecemos esto, por favor, ¡para! ¡Deja de reír!
—Oye, ¿a quién le hablas?
Entonces lo vi, mientras Alan se retorcía y se tapaba los oídos, lo vi por mí mismo, parado en una esquina de la habitación, con esos ojos blancos que penetran en tu mente, esa silueta oscura oculta en las sombras. Era él, no había duda. Entonces comencé a escuchar su risa escalofriante. Ya sabía por qué sufría tanto, y lo digo sinceramente, no creo que nadie soporte tal cosa, no es lo mismo hasta que lo ves con tus ojos.
Aquel momento fue la media hora más larga de mi vida. No recuerdo el momento en el que me fui de ahí, pero recuerdo haber llegado a mi casa tanta intranquilidad que mi madre se asombró demasiado.
—Por Dios, ¿estás bien? —me preguntó preocupada.
—Sí madre, sólo… sólo estoy cansado.
—Pues, ve a descansar, que te ves muy mal. Pero primero date un baño.
—Está bien, lo haré enseguida…
Estaba tan trastornado por aquellas imágenes en mi mente que no podía pensar en nada más, sólo en el miedo que seguía presente desde aquel momento, aquel ser tan escalofriante.
Al día siguiente, sin haber superado lo ocurrido, me encaminé a la escuela. A la mitad del camino, mi madre me llamó al celular diciéndome que volviera, que tenía que hablarme de algo. Le pregunté qué era y me dijo que era sobre mi amigo, Alan. Al regresar, mi madre me esperaba en la sala, un tanto desconcertada, esperando que llegara.
—¿De qué quieres hablarme?
—Llamaron antes de que te fueras a la escuela.
—¿Quién era?
—La madre de Alan… resulta que… es duro decirlo, pero, Alan falleció.
—¿De qué hablas? Recién lo vi ayer en la tarde.
—Parece que se ha suicidado… Lo encontraron en su cuarto por la mañana.
—Pero… no puede ser verdad, madre, no bromees así conmigo…
—Lo siento, quisiera que no fuese verdad, pero…
—¡No, madre! ¡No puede ser verdad!
—Espera, su madre ha pasado hace unos minutos y te ha dejado esto. Parece que es una carta de Alan, es para ti.
En ese momento tomé la carta y me fui corriendo de la casa. Fui a la casa de Alan, no lo podía creer, no podía ser verdad que mi amigo estuviera muerto. Al llegar a su casa, vi a la policía estacionada afuera; eso tenía que significar que había ocurrido algo grave. Mi madre decía la verdad, al parecer… Alan estaba muerto.
Me traumatizó bastante haber vivido eso, no lo soporté, entonces huí a nuestro lugar, a la bodega que sólo nosotros visitábamos; tenía que alejarme de los demás. Al llegar, sólo vi cosas, recuerdos, que me daban nostalgia. Mi amigo, mi mejor amigo estaba muerto y no podía hacer nada al respecto. Me senté a llorar en uno de los sillones, no lo soportaba, era un dolor inmenso; pero lo recordé, Alan me dejó una carta, tenía que leerla, entonces lo hice.
“Diciembre 7:
Lo siento Diego, esto es tanto sufrimiento, espero que no te haga lo mismo que a mí, es que es tan terrible, no lo soporto, espero que no te enojes conmigo. No me disculpo por lo que haré, sino por lo que te hice esta tarde, te entregué a él. No fue mi intención, él me hizo hacerlo, no sabes cómo es… aún. Me hizo escribir cada sentimiento, sensación, cada visión que tenía, me hizo plasmar todo en esa estúpida libreta, la cual, un día antes, me dijo que tenías que leer. Por eso te dejé en mi habitación a solas, para darte el tiempo de hacerlo, pero un rato antes de que llegaras me había decidido a no mostrártela, entonces la arrojé al suelo, debajo de mi cama. Pero al llegar el momento no pude, no pude contra él. Ten cuidado, se adentra en lo más profundo de la mente y te hace sentir cosas horribles, nunca te lo hubiera deseado, ni a nadie. Se esconde en las sombras, en el ruido, hasta en tu reflejo del espejo y te observa, te causa un miedo insoportable. Me disculpo por eso, me siento tan arrepentido. No podía irme sin explicártelo, ya es muy tarde como para que pueda hacer algo para evitarlo, está hecho, él quería que lo leyeras para así poder entrar en tu mente, te he condenado, ahora sólo huyo de este horror. Te quiero, en serio… perdóname. —Alan”.
Me destrozó leer eso, no fue su intención, y ese sujeto provocó su muerte. Estaba tan enojado, no me podía contener, pero… de pronto tuve esa sensación, estaba conmigo. Era esa entidad que había llegado por mí, ahora yo sería a quien torturaría. Lo vi ahora más cerca, se estaba acercando a mí y me hacía ver visiones aterradoras, y lo escuchaba reírse de mí; era insoportable, tanto miedo y enojo se juntaban en mí, era terrible.
Pasé semanas enteras de miedo constante, me torturaba cada vez que quería, tuve los mismos sueños horrendos que aterrorizaban por las noches a Alan. Comencé a liberar mis miedos dibujando… creo que no fue lo mejor, ya que los dibujos fueron como aquella libreta.
Temo decir que él me ha obligado a escribir esto. Ahora me toca a mí decir “Lo siento”, porque no me pude negar, lo entenderás, ya has leído lo suficiente como para que él entre en tu mente. Ahora te toca a ti, en serio lo siento, yo tampoco le deseaba esto a nadie, pero no tengo opción. No trates de ocultarte, será en vano; está en las sombras, oculto, está en cada ruido que escuchas, se convierte en tu reflejo del espejo, incluso podría estar justo detrás de ti en este momento. Sólo espero que no sea tan terrible lo que te hará, quizá se canse de hacernos sufrir… esperemos que algún día pase.


El sol bajo las nubes.

Claudio era un joven tímido de quince años, de los cuales los últimos cuatro los había dedicado exclusivamente a estudiar música en la casa de Monsieur Cottillard, un viejo maestro músico amante de la soledad y el piano.
Durante los últimos cuatro años Claudio iba y venía de su casa a la del viejo Cottillard, sin siquiera voltear a ver el antiguo y enorme edificio de piedra que estaba justo frente a la angosta casa de su maestro. Se trataba del Liceo de Niñas, un colegio exclusivamente para las hijas de las más adineradas familias de la ciudad.
Al viejo no le gustaba enseñar con las ventanas de su casa abiertas, excepto los días lluviosos, esos días Claudio tenía permitido acercarse un poco a la ventana que daba a la calle a practicar con su violín.
Fue precisamente un día de lluvia que Claudio en un descanso de su práctica al mirar por la ventana descubrió el rostro más bello que jamás hubiese visto, unos grandes ojos castaños coronados con bellas y largas pestañas, cabello al color de la tierra mojada, pero lo que más le gustó de aquella niña fue su blanca e inmaculada palidez, la chica era de por si hermosa, pero era su blancura lo que dejó atónito a Claudio.
Ese día el joven no dejó de pensar en aquella alumna del Liceo, volvió a su casa y practicó con su piano siempre pensando en ella.
Al día siguiente Claudio buscó desesperadamente acercarse a la ventana, pero afuera no estaba lloviendo y su maestro le prohibió que la abriera. Esa tarde Claudio ejecutó el piano con demencial ira, Monsieur Cottillard quedó maravillado.
Al día siguiente tampoco llovía sin embargo el sol estaba oculto tras gigantescas y espesas nubes, Claudio se molestó mucho, sabía que otra vez estudiaría con la ventana cerrada.
Al llegar Claudio a la casona notó que la ventana estaba abierta, su pecho se agitó y sintió como su estómago se estremeció de alegría, subió velozmente las escaleras y buscó su lugar junto a la ventana. Monsieur Cottillard estaba de muy buen humor, incluso habló de la belleza del día y concedió a Claudio varios descansos. Por primera vez en cuatro años Claudio notó que no era la lluvia la que ponía de buen humor a Cottillard sino los días donde las nubes no daban oportunidad al sol brillar, se alegró.
Justo a las 2 de la tarde pidió a su maestro un descanso, y se dirigió a la ventana con la esperanza de encontrarse con su amada niña.
Después de buscarla de entre decenas de niñas que esperaban ser recogidas por sus padres en la banqueta al fin pudo ver a su amada, no fueron más de quince segundos, quince segundos donde la tierra se detuvo, 15 segundos donde su corazón se estrujaba desesperadamente en sus adentros. Por fin pudo verla dos días después de haberla visto y amado por primera vez.
La hermosa niña subió a la parte trasera de un carruaje y desapareció de repente, Claudio volvió a sus lecciones, estaba contento, se le veía en la mirada, estaba tan emocionado que se equivocó una vez tras otra, despertando la ira de Monsieur Cottillard en múltiples ocasiones.
El día siguiente nuevamente estuvo nublado y Claudio feliz, recorrió las calles rápidamente y llegó a la casa de su maestro, buscó su lugar y comenzó a practicar distraído y equivocándose una y otra vez. Cuando dieron las 2 de la tarde pidió su receso y se recargó viendo por la ventana, pasaban los segundos y Claudio más se desesperaba, hasta que decidió preguntar a Monsieur Cottillard si él sabía por qué no habían salido las niñas del colegio de enfrente.
– ¡Es sábado atolondrado! –Respondió el viejo–. –Llevas años practicando y ¿no te habías dado cuenta que los sábados y los domingos el Liceo no abre sus puertas? –Menudo animal.
Claudio tomó su violín y comenzó a tocar con tremenda furia, parecía que se encontraba poseído, como si el demonio mismo entrara en su cuerpo y le ordenara tocar las melodías más notables que Cottillard le hubiese escuchado jamás, de pronto el viejo recordó el día que al negarle abrir la ventana Claudio había tocado el piano como nunca antes.
Ahí estaba Claudio con sus manos en el violín, su vista fija e imperturbable en el suelo, pero su pensamiento con ella, la niña de la ventana.
Al terminar la lección Cottillard preguntó a su joven pupilo que era lo que buscaba en la ventana, Claudio respondió que nada, tomo sus cosas, se despidió de su maestro y salió corriendo de la habitación, pero unos segundos después volvió.
– ¿Los domingos tampoco abren el Liceo? –Preguntó Claudio–
– ¡No! –Respondió entre risas su maestro–
Claudio sonrió y salió corriendo.
Llegó el domingo y como todos los domingos Monsieur Cottillard dejó improvisar libremente a Claudio mientras él se dedicaba a otros asuntos en su casa.
Claudio trataba de pensar en su amada, decidió improvisar una melodía en el piano, el hecho de ser domingo lo animaba pues mañana, si el sol se lo permitía vería otra vez aquellos alegres ojos y aquella piel delicada.
Llegó el lunes, por suerte nublado y con lluvia. Claudio pidió su descanso a las dos en punto y Cottillard se sentó a observar al joven como agitadamente buscaba algo o a alguien en dirección a la puerta del Liceo, de pronto vio como Claudio se alejó de la ventana y buscó su lugar, con una sonrisa en la cara y la mirada perdida. Cottillard pidió a Claudio que le tocara algo, Claudio eligió una antigua sonata y no paró de equivocarse tanto que su maestro decidió interrumpirlo para platicar con él.
–Estaba pensando en clausurar definitivamente esa ventana ¿Qué te parece? –Preguntó el viejo–
Claudio guardó silencio, bajó su mirada y solo encogió los hombros.
–Entonces, ¿no te importa? –Insistió Cottillard–
Claudio no respondió, sintió mucho coraje e impotencia en ese momento, Cottillard notó que Claudio comenzaba a enojarse y sin perder más tiempo le dijo:
–¡Toma tu violín, toca!
Y comenzó Claudio a tocar a ratos sereno, a ratos furioso. Cottillard estaba conmovido con aquella melodía, definitivamente su discípulo empezaba a madurar en todos los sentidos.
El día siguiente era un bello día soleado, Claudio estuvo molesto todo el mediodía hasta que dieron las dos y suplico por primera vez al maestro abrir la ventana, Cottillard aceptó bajo la condición de saber quién era la persona que despertaba tan desesperadamente el interés del joven músico.
Claudio acepto y cuando llegó el momento con voz temblorosa dijo a su maestro.
–Es ella.
Cottillard observó a la bella joven, sin lugar a dudas era hermosa, volteó la mirada hacia su pupilo que estaba enternecido de ver a la joven. Cuando la hermosa joven hubo subido a su carruaje Cottillard tomó del Brazo a Claudio y lo guio al piano.
Los días pasaron y de lunes a viernes Monsieur Cottillard daba permiso a Claudio de mirar a la bella estudiante aunque no estuviera nublado el día.
Las semanas continuaban completándose incluso los meses y Claudio seguía admirando a la chica desde su ventana, la llamaba de mil formas: Samanta, Lucrecia, Aída, Brida…, notó que los días nubosos eran los mejores para verla, su piel brillaba fulgurante, irradiaba luz propia, como si se tratara de un pequeño sol, un sol bajo las nubes, y así decidió llamarla en delante, ”Sol”.
Sol se había convertido en una chica popular de entre sus compañeras, Claudio podía notarlo desde hace algún tiempo, ahora se le veía más segura y alegre y por ende más hermosa a los ojos de Claudio. Mientras tanto el joven seguía creciendo como músico, ahora sus melodías eran brillantes, tanto que Cottillard llegó a pensar que ya no necesitaba más de él como maestro.
Claudio buscaba la manera de que Sol lo notara, quería impresionarla pero no sabía cómo, ni siquiera sabía que le gustaba, no conocía su carácter, no conocía ni su nombre.
Cuando Monsieur Cottillard se decidió a informarle a Claudio que estaba listo para dejar el nido que forjó su maestranza en la música, Claudio rechazó de forma enérgica la propuesta de su maestro.
– ¿Cómo se atreve a decir que estoy listo? ¡Usted sabe que me falta trabajar, que no soy tan bueno y que necesito de usted! –Exclamó desesperado Claudio.
–Lo que vos has venido a encontrar conmigo, ya lo has conseguido Claudio, de hoy en delante deberás forjar tu propia identidad, además yo ya hube enseñado todo lo que sé. –Puntualizó sereno el viejo maestro–.
–Quiero que escribas una rapsodia a tu amada, vuelve cuando la hayas concluido. Ese será tu examen final. –Dio media vuelta y dejó el salón–.
El miedo que le causaba no poder volver a ver a su Sol le estremecía el alma a Claudio. Todos los días se levantaba temprano, se dirigía hasta el liceo y desde un lejano árbol contemplaba a la joven a su llegada, más tarde regresaba a la hora de la salida.
La desesperación le hizo acercarse cada vez más a Sol. Ahora acostumbraba salir de la esquina justo cuando su carruaje se detenía fuera de la puerta, sentía una gran angustia por no poder hablarle, incluso una mirada de ella le hacía bajar la cabeza y caminar apresuradamente, la amaba pero no soportaba siquiera su mirada.
Claudio sentía un gran odio por sí mismo; por no superar su miedo a hablarle a la joven, el mismo se negaba la felicidad. Había terminado Claudio la Rapsodia que le encomendó su maestro sin embargo no podía entregarla todavía, no quería dejar de tener una excusa para ver a Sol.
El nuevo día estaba lluvioso desde muy temprano, Claudio encontró la excusa perfecta para acercarse a Sol, llevó su paraguas con él y salió de su casa agitado, por fin podría acercarse e incluso cruzar palabra con la bella joven. Esperó a la vuelta de la esquina hasta ver el carruaje de Sol acercarse, comenzó a caminar, al acercarse el carruaje a la puerta comenzó a caminar más despacio, entonces la puerta se abrió y Sol saco una pierna dispuesta a salir.
–¡Use mi paraguas, señorita! –Gritó con algo de miedo Claudio–
–¡Gracias señor, voy a correr! –Respondió la joven y echó a correr hasta el pórtico del Liceo–.
Claudio se quedó allí parado sin decir nada, le había costado mucho trabajo poder hablarle, y las primeras palabras que le dirigía eran de rechazo. Se sintió muy avergonzado pudo sentir las miradas de las demás niñas como piquetes de agujas en la espalda. Regresó a casa deprimido, llorando de pena.
Buscó el abrecartas de su papá y subió a su cuarto, se paró frente a su espejo, escuchaba las palabras de Sol una y otra vez cada vez más insistentemente, escuchaba la melodía que había compuesto para ella, estaba aturdido, tomó el abrecartas y amagó atravesarse el pecho con él.
De pronto los ruidos cesaron, las voces, la música, se vio parado frente al espejo con los ojos llorosos y rojos, y sintió vergüenza.
La mañana siguiente tomó las partituras de su rapsodia las introdujo en un sobre, y salió con destino al Liceo como todos los días.
Un frío intenso le recorría la cabeza y el miedo se había ido. Esperó paciente la llegada de la muchacha. Cuando el carruaje llegó se dirigió a la puerta del Liceo y esperó.
La joven salió por fin del carro, pasó indiferentemente a su lado, de pronto escuchó un grito:
– ¡Sol!
La joven volteó repentinamente y un abrecartas se introdujo en su pecho una vez tras otra, su última imagen fue la cara encendida de ira de su asesino.
Diecisiete veces entró el metal en el cuerpo de la joven, uno por cada año de su vida, el color de la sangre teñía el suelo.
Algunos días después llamaron a la puerta de Monsieur Cottillard, era la policía.
–¿Es usted Bertrand Cottillard? –Preguntó uno de los dos policías que estaban parados frente a su puerta–
–Sí señor, ¿en qué puedo ayudarlos?
–Queremos entregarle este sobre; usted aparece como destinatario, pertenecía a Claudio Romano, el asesino del Liceo, como ya debe saberlo él se encuentra internado en el manicomio, ese chico sí que está desequilibrado, usted que lo conoció, ¿era él un muchacho malvado como se dice?
– ¿Es cierto que hablaba con los espíritus? Necesitamos saberlo, no podemos dejar que algo parecido vuelva a ocurrir –Interrumpió el otro policía–
–Si, yo tengo dos hijas, no quiero ni pensar lo que sería capaz de hacer si algo les pasara –continuó el primero–
–¿tienen los señores algún otro asunto que tratar conmigo? –Preguntó molesto Cottillard–
–No, ya nos marchamos, cuídese viejo amigo, yo tendría precaución con ese sobre –dijo con una mueca burlona el policía–. Dieron media vuelta y se marcharon.
Cottillard abrió el sobre, sacó las partituras, y notó un papel al fondo del sobre, lo tomó y lo leyó.
“Maestro usted sabe bien que la amaba, no deje que su melodía muera, allí viviremos los dos para siempre”.
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