domingo, 23 de marzo de 2014

MINI-SERIE BOLA DE CRISTAL PARTE 1

Bola de cristal
Mi nombre es Naira, tengo veinte años y vivo en un pueblito del que no vale la pena decir mucho. Sería muy ilustrador, creo, mencionar que soy huérfana de toda la vida. No sé nada sobre mis progenitores, ni me interesa, siempre tuve prioridades más importantes.

Pasé la vida entera en un orfanato, nunca nadie quiso adoptarme; tal indiferencia había para conmigo también por parte de mis compañeras de cuarto, pero jamás me importó. Disfrutaba estar sola, sabrá Dios por qué, así que nunca llamó ni una pizca mi atención la compañía humana o animal. Aun hoy, yendo ya a la universidad, habiendo pasado la adolescencia, me siento así. Mis únicos compañeros son las queridas esculturas, fruto de mis propias manos, que llenan la casa y el viejo piano que está en el salón. Y así soy completamente dichosa y feliz.

Sólo una vez la compañía humana me hizo bien, pero apenas desapareció todo volvió a ser como antes: monótono y extraño. Cabe decir, sí, que no sufrí por aquello: el apego a la soledad no había sido perdido.

Se llamaba Raúl, el único amigo que he tenido en toda la vida. Lo conocí en un incidente con una manzana, la cual, luego de ser arrebatada de mi plato, estaba siendo machacada por él y sus, entonces, compañeros de juego. Yo me encontraba dentro de la «casa» observando por la ventana cómo aquellos niños pateaban sin cesar ese objeto de mi propiedad. Esperé pacientemente, y en una distracción suya me acerqué y recogí la manzana, para luego volver rápidamente adentro. Cuando hubieron estado conscientes del asunto, les hice un gesto para que uno de ellos se acercara a buscarla. Raúl fue elegido, y se dirigió hacia mí a regañadientes. Habiendo llegado extendió su mano para que la dichosa fruta fuera puesta en ella.

—Vaya, vaya, miren qué quiere el niño —dije—. No deberías jugar con cosas ajenas, ¿no te parece?

Él sólo enmudeció y bajó la cabeza. Entonces murmuré:

—Mira, porque soy generosa, les regalaré la manzana. No puedo comerla, ya la han magullado de más. Pero se los advierto, no vuelvan a hacer algo como esto. —Puse la manzana sobre la mano ya cerrada del joven.

—Gracias… —musitó, y luego de pensarlo un rato, siguió—: Naira. ¿Quieres venir y jugar con nosotros? Seremos gentiles contigo, ya que eres una niña.

—No me interesa jugar con quien me subestima. Lo siento, gracias, pero no.

Entonces se encogió de hombros y se alejó. Pero una duda asaltaba mi cabeza: ¿cómo sabía mi nombre? Prácticamente nadie me llamaba por él. Cuando por alguna razón específica lo hacían, solían decirme «¡oye tú, niña rara!», pero no Naira. Fue sólo por eso que mi interés en él se acrecentó, pero no le presté demasiada atención. Fue por él que, tras pedirme disculpas por lo que yo había tomado como un insulto, comenzó la especie de amistad que luego estableceríamos. Él no era muy amigo de los chicos con quien estaba aquel día, sólo jugaban juntos, así que yo era también su única amiga. Todo iba bien, hasta que sorpresivamente, habiendo cumplido ya los catorce años, lo adoptaron. Después todo volvió a como debía ser para mí, y él recibió lo que todos merecían, menos yo: una familia.

Los años pasaron, y Raúl y yo no habíamos tenido noticias el uno del otro. Yo ya vivía en una pequeña pero acogedora casa que el orfanato me había proporcionado, cosa que hacían con los jóvenes jamás adoptados. El cuarto más grande lo hice mi estudio y el sitio destinado a la creación de mis esculturas, siendo la sala mi segundo lugar preferido. Entré, entonces, a la universidad, y por fin podía disfrutar de la completa paz que siempre me había sido negada compartiendo cuartos, comida y baño. Ahora era sólo yo y mi pequeño mundo. Hasta aquel día.

Lo vi. Sí, era él. Él y ella. Raúl y Helena. Raúl, mi querido amigo de la infancia, y Helena, la chica que hasta los nueve años me atormentó en el orfanato, juntos. Siempre había ignorado cada insulto y molestia por parte de mis compañeros, pero Helena era especial. Si bien no era muy original, había algo en ella que me hacía odiarla profundamente, y más ahora, viéndola con Raúl. De pronto se me vino una extraña revelación a la mente: «debe ser mío». Por alguna razón, sentía que debía apartar a Raúl de Helena a toda costa. Sentía que necesitaba hacerlo. No era por amor, era por amistad, y porque serviría de venganza.

Alcé la mirada y ahí estaban ellos, observándome.

—¡Naira! —dijo Raúl—. ¿Cómo has estado? ¡Hace tanto que no nos vemos! Ella es Helena, pero dice que te conoce.

—He estado bien, Raúl. Hola, Helena —contesté, reprimiendo una mirada de desdén para con ella.

—¡Vaya, Naira! ¿Te acuerdas de mí? Fuimos compañeras hasta que me adoptaron. Recuerdo perfectamente cada broma que te hice, pero era sólo un juego de niños. Sin resentimientos, ¿verdad?

No pude evitar sonreír ante tal afirmación. Bajé la cabeza, y en medio de la risa, repetí:

—Sin resentimientos.

No sabía lo que le esperaba.



Pasaron meses, y yo aún no determinaba qué hacer con Helena. Debía aguantar comer con ella, estar con ella; Raúl no iba a un lugar si ella no estaba también. Todo esto me estaba incomodando sobremanera, pero simplemente no se me ocurría nada.

La oportunidad vino luego.

En clase de arte, ordenaron un proyecto en parejas. Antes que cualquier otra persona pudiera hacerlo, y para «demostrarle» que había olvidado cada molestia suya, le pedí que hiciera pareja conmigo. Aceptó efusivamente.

—¡Hay, Naira! ¡Me alegro tanto de que por fin te sientas a gusto conmigo! —Yo reía en mi interior; mientras ella hablaba y hablaba, yo planeaba mi venganza. Ya lo tenía todo calculado—. ¿Y qué clase de cuadro haremos?

—La verdad, Helena —me apresuré a decir—, estaba pensando en esculpir algo. Sinceramente me gusta ser original, y todo el mundo pintará. Además adoro hacer esculturas, y tú podrías ser mi modelo, así no habrá peso sobre nadie de que el otro hizo todo el trabajo.

—Oh, me encanta la idea. Pero ¿por qué quieres hacer una escultura mía?

—Ya te lo dije… Además, creo que eres… —Me atraganté con saliva, entonces lo dije—: bonita. —La verdad no es que no lo creyera, siempre me pareció una chica preciosa, pero el hecho de decirle un cumplido a mi futura víctima me hacía estremecer entera.

—Pues muchas gracias, Naira —Rió de forma tonta, y luego golpeó suavemente mi hombro—. Y entonces, ¿dónde y cuándo?

Helena fue a mi casa unos cuatro días después para realizar la escultura. La había estado esperado toda la tarde, más ansiosa no podía estar. Sonó el timbre.

—Quítate toda la ropa, y quédate ahí —le indiqué, preparada para comenzar—. Debo hacer primeramente el molde. Necesito que hagas una pose, no puedes estar ahí como si nada.

—¿De qué tipo?

—Algo que represente dolor. Sí, dolor. Hazlo.

Se retorció entera para lograr hacer algo, pero estuve satisfecha cuando por fin lo consiguió. Era exactamente la expresión que quería.

Mientras hacía el molde, dejé orificios en nariz, ojos y boca para que pudiera respirar, ver y hablar. Cuando hube terminado, le pedí que se quedara un rato así, puesto que no demoraría más de unos minutos en secar. El tiempo que estimé necesario pasó, y entonces, en lugar de quitarle el molde, comencé a colocar el yeso por encima de éste.

—¿Qué haces, Naira? —preguntó, ya aterrada, Helena.

—Completo mi obra.

—¿Pero no debes quitar el molde primero?

—No lo entiendes, ¿verdad? Claro que no. Me hiciste pasar por todas esas detestables bromas en el pasado, ahora sedujiste al único amigo que he tenido en toda la vida y haces que te odie cada vez más y más. Pero al fin la pesadilla acabará, y tú, a partir de ahora, querida Helena, no existes más.

Tapé su boca con una gruesa capa de yeso, dejando sólo los orificios de la nariz intactos, para que sufriera cuanto fuera posible, y simplemente muriera de hambre.



Fui la mejor calificación de toda la clase, haciéndose notar aquel día la desaparición de Helena. Me las arreglé para que se creyera que había sido asesinada, y su cuerpo nunca sería encontrado. Vendí luego la escultura a un anticuario pues no deseaba tenerla conmigo. Todo fue normal, todo completamente normal, hasta entonces.

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